Pergaminos, disquetes y nubes: así ha cambiado la forma de proteger nuestros datos

En una caja de zapatos, quizás una carpeta de cartón, en una caja fuerte… son muchos –y de naturalezas verdaderamente peculiares–, los lugares donde la gente tiene guardadas aquellas cosas que no puede permitirse perder. Fotos antiguas, documentos importantes o cartas. Cosas que, si desaparecieran, no se podrían recuperar. Durante mucho tiempo, esos recovecos de la casa fueron la custodia de la única copia de seguridad que existía: física, tangible, guardada en un lugar que esperabas que fuera seguro.

La forma en que guardamos y protegemos la información ha cambiado de una manera radical en las últimas décadas, y el análisis de su evolución resulta muy interesante. Hemos pasado de guardar las cosas en papel a guardarlas en disquetes, de los disquetes a los CDs, de los CDs a los discos duros externos, y de ahí a algo que ni siquiera podemos tocar: la nube. Ese salto, que parece técnico y aburrido, es en realidad uno de los cambios más profundos en la relación que los seres humanos tenemos con la información y con la memoria.

Cuando todo cabía por escrito

Durante la mayor parte de la historia, la única forma de guardar información era escribirla. En piedra, en pergamino, en papel. Las bibliotecas eran los sistemas de almacenamiento más sofisticados que existían, y proteger la información significaba proteger físicamente esos edificios y esos documentos.

La fragilidad de ese sistema era enorme. Un incendio, una inundación o una guerra, podían destruir en horas lo que había tardado siglos en acumularse. La biblioteca de Alejandría es el ejemplo más conocido de esa fragilidad, pero hubo miles de pérdidas similares a lo largo de la historia que nunca llegaron a ser famosas precisamente porque lo que se perdió no sobrevivió para contarlo.

Las personas aprendieron a hacer copias. Los monjes medievales copiaban manuscritos a mano, no solo por devoción sino también como forma de preservar el conocimiento. Los notarios guardaban duplicados de los documentos importantes. Los comerciantes llevaban libros de cuentas por partida doble. La idea de que la información importante debe existir en más de un sitio es tan antigua como la propia escritura.

El siglo XX y la revolución del almacenamiento

El siglo XX transformó completamente la escala del problema. Con la industrialización, la burocracia moderna y más tarde la informática, la cantidad de información que empresas, gobiernos e individuos necesitaban guardar creció de forma exponencial. Y con esa cantidad creció también la sofisticación de los sistemas para protegerla.

Los primeros ordenadores personales llegaron a los hogares y a las pequeñas empresas en los años ochenta con una limitación que hoy resulta casi cómica: su memoria era tan pequeña que guardar un documento de texto significativo requería un disquete entero. Esos disquetes, primero de los grandes y blandos y luego de los pequeños y rígidos, eran los soportes de almacenamiento cotidianos de toda una generación. Y como cualquier objeto físico, se rayaban, se doblaban, se perdían, se corrompían por el calor o por la humedad.

La cultura de la copia de seguridad empezó a desarrollarse de forma más consciente en ese periodo. Los profesionales que trabajaban con ordenadores aprendieron por las malas, generalmente después de perder algo importante, que guardar el trabajo en un solo sitio era un error. Hacer copias en varios disquetes, guardarlos en lugares distintos, imprimir los documentos más críticos: eran las estrategias más habituales para proteger la información en los años ochenta y noventa.

Los CDs y más tarde los DVDs ampliaron enormemente la capacidad de almacenamiento y parecieron durante un tiempo la solución definitiva. Se podía guardar una cantidad de información impensable pocos años antes en un disco que cabía en el bolsillo. Muchas familias españolas tienen todavía cajas llenas de CDs con fotos de vacaciones, copias de documentos o músicas descargadas que hoy son difíciles de leer porque ya casi ningún ordenador tiene lector de discos, y es necesario servirse de algún tipo de adaptador.

El disco duro externo y la ilusión de la seguridad

A principios de los años dos mil llegaron los discos duros externos, y con ellos una sensación de seguridad que en muchos casos resultó ser bastante engañosa. Por primera vez era posible guardar cantidades enormes de información, fotografías, vídeos o documentos, en un dispositivo del tamaño de un libro que podías llevarte a cualquier sitio.

El problema era que un disco duro externo, por muy práctico que fuera, seguía siendo un objeto físico con todas las vulnerabilidades que eso implica. Se podía caer al suelo y romperse. Se podía estropear sin previo aviso, como cualquier pieza mecánica con partes móviles. Podía quemarse en un incendio o inundarse con el resto de la casa. Y lo más habitual: podía quedarse olvidado en un cajón sin actualizar durante años, de forma que cuando se necesitaba resultaba que la última copia tenía cinco años de antigüedad y había cientos de cosas que no estaban guardadas.

La copia de seguridad en disco duro externo era mejor que no tener nada, pero requería una disciplina de mantenimiento que, a decir verdad, no todo el mundo sostenía de forma consistente. La seguridad real de la información exige no solo tener un sistema sino usarlo de forma regular, y ahí era donde la mayoría de las personas y muchas empresas fallaban.

La nube: cuando la copia de seguridad dejó de ser algo que hay que recordar hacer

El salto a la nube cambió de manera fundamental la lógica de proteger la información: pasó a ser algo que pasa de forma automática, sin que haya que recordarlo ni ejecutarlo manualmente. Hoy millones de personas tienen sus fotos respaldadas en tiempo real sin haber tomado ninguna decisión activa al respecto, simplemente porque el teléfono lo hace solo.

La mayoría de las personas utilizan la nube todos los días sin pensar demasiado en ello. Cada vez que guardan una foto en Google Fotos o iCloud, envían un archivo por WhatsApp, consultan un documento en Google Drive o ven una serie en Netflix, están utilizando servicios que dependen de una nube.

A pesar de su nombre, la nube no tiene nada de etéreo. No es un lugar mágico flotando en internet ni un espacio infinito donde desaparecen nuestros archivos. En realidad, la nube está formada por enormes centros de datos repartidos por todo el mundo: edificios llenos de servidores que almacenan información y la ponen a nuestra disposición cuando la necesitamos.

La diferencia respecto a guardar archivos en un ordenador o en un disco duro externo es que los datos no dependen de un único dispositivo físico. Si el portátil se rompe, se pierde o es robado, los archivos siguen estando disponibles porque se encuentran almacenados en servidores remotos gestionados por empresas especializadas.

Precisamente ahí aparece una de las grandes ventajas de la nube: la seguridad. Al menos en teoría. Los grandes proveedores invierten millones de euros en sistemas de protección, copias de seguridad, cifrado de datos y medidas contra incendios, inundaciones o fallos eléctricos. Para una persona corriente sería prácticamente imposible replicar por su cuenta ese nivel de protección.

Lo que hemos ganado y lo que hemos perdido

Sería deshonesto hablar de todos estos cambios sin mencionar también lo que se ha complicado con ellos. Guardar información en la nube resuelve muchos problemas, pero crea otros que antes no existían o existían en menor escala.

El primero es la dependencia. Cuando tus datos están en servidores de terceros, dependes de que esa empresa siga existiendo, de que sus sistemas funcionen y de que honren los compromisos que han adquirido contigo. La historia reciente tiene ejemplos de servicios en la nube que cerraron de forma repentina dejando a sus usuarios sin acceso a su información.

El segundo es la privacidad. Guardar cosas en papel en una caja de zapatos era privado de una forma que ningún sistema digital puede igualar completamente. La información en la nube está, en distintos grados según el servicio y la configuración, expuesta a posibles accesos no deseados, a políticas de privacidad que cambian con el tiempo y a legislaciones distintas según el país donde estén los servidores.

El tercero es la seguridad frente a ataques. Los ciberataques, y especialmente el ransomware, ese tipo de malware que secuestra los datos de una empresa y pide un rescate para devolverlos, se han convertido en uno de los riesgos más reales para cualquier organización que depende de su información. La nube no es inmune a estos ataques, y la sofisticación de las amenazas crece al mismo ritmo que la sofisticación de las defensas.

Por qué las empresas deben elegir un buen proveedor de seguridad en la nube

Para las empresas, la llegada de la nube ha supuesto un cambio especialmente importante. Hace apenas unas décadas, la pérdida de un servidor podía convertirse en una auténtica catástrofe: años de trabajo podían desaparecer de un día para otro. En muchos casos, la recuperación era imposible o tenía un coste inasumible para pequeñas y medianas empresas.

Hoy ese riesgo sigue existiendo, pero las consecuencias pueden reducirse enormemente. La clave, sin embargo, no está únicamente en tener una copia en la nube, sino en cerciorarse de que realmente funcionará cuando llegue el momento de utilizarla. Para ello, los expertos de Omega2001 insisten en que la elección de un proveedor de copias de seguridad es también una cuestión estratégica para el negocio. La reflexión es sencilla: no basta con almacenar datos. Lo verdaderamente importante es saber que, si un ransomware cifra los sistemas, un empleado borra información crítica por error o un servidor deja de funcionar, la empresa podrá volver a operar con normalidad en el menor tiempo posible.

Con todo, hay que tener claro que almacenar información en la nube no significa que desaparezcan todos los riesgos. Las contraseñas débiles, los ataques de phishing, los accesos no autorizados o las configuraciones incorrectas siguen siendo algunas de las principales causas de pérdida o filtración de datos. En otras palabras, la nube puede ser muy segura, pero sigue dependiendo en gran medida de cómo la utilicen las personas.

La memoria colectiva en la era digital

Más allá de los datos empresariales o de las fotos familiares: la cuestión de cómo preservamos la memoria colectiva en la era digital resulta muy interesante. Los documentos históricos en papel han sobrevivido siglos en condiciones razonables. Los formatos digitales tienen una vida útil mucho más incierta: los soportes se vuelven obsoletos, los formatos de archivo cambian y los servicios que almacenaban contenido desaparecen.

El Archivo Histórico Nacional, como muchos otros archivos en todo el mundo, dedica una parte importante de sus recursos a la preservación digital: no solo a guardar los documentos digitales sino a asegurarse de que dentro de cincuenta años sea posible leerlos, entenderlos y acceder a ellos. Es un problema que los archiveros y bibliotecarios llevan décadas intentando resolver y que no tiene una solución definitiva todavía.

A escala individual, la pregunta es igual de interesante y bastante más inquietante: ¿qué quedará de nosotros dentro de cien años? Las cartas en papel de nuestros bisabuelos han sobrevivido. Los emails y los mensajes de WhatsApp de hoy, ¿sobrevivirán? ¿En qué formato, en qué servidor, bajo qué condiciones?

Una relación que no ha terminado de cambiar

La forma en que protegemos la información sigue evolucionando. La inteligencia artificial está cambiando la capacidad de analizar, organizar y recuperar datos de formas que hace diez años habrían parecido ciencia ficción. Los sistemas de almacenamiento cuántico, aunque todavía en fase experimental, prometen capacidades que harán que los servidores actuales parezcan tan limitados como los disquetes de los años ochenta.

Pero debajo de toda esa evolución tecnológica hay algo que no cambia: la necesidad humana de preservar lo que importa. De asegurarse de que las cosas que tienen valor, ya sean los registros financieros de una empresa o las fotos del primer cumpleaños de un hijo, no desaparezcan por un accidente, un fallo técnico o simplemente el paso del tiempo.

La caja de zapatos con las fotos sigue siendo, en su forma más humana, la mejor imagen de lo que intentamos hacer con toda esa tecnología. Guardar lo que nos importa. Asegurarnos de que siga ahí cuando lo necesitemos. Y esperar que el lugar donde lo guardamos sea más resistente que nosotros mismos.